Los libros como tal, existen desde tiempos inmemorables, algunos hablan de religión, matemáticas, geometría, animales, ciudades, continentes, culturas, de vidas reales o ficticias, un sinfín de temas que se pueden encontrar entre sus páginas. A veces no tienen el mérito que deberían porque el acercamiento a ellos no siempre es el más bonito o no se le da relevancia, en ocasiones esta aproximación se da por deber o por gusto, en mi caso, fue por necesidad.
La mente es algo maravilloso, poder recordar miles de pequeños momento y detalles que nos remiten a otros hechos sucesivamente hasta no recordar cómo o con qué pensamiento es que se inició esa cadena, es algo que al ser humano se le da bien. Muchas de las veces, estos recuerdos sacan sonrisas, aunque no siempre. Cuando en la vida de una persona no hay suficientes momentos felices, esta cadena de recuerdo puede ser muy corta o volverse algo insoportable.Te preguntarás: "¿por qué me está diciendo esto, no iba a hablar sobre libros?" Pues verás, una cadena de pensamientos es lo que me llevó a los libros.
Antes de aprender a leer aprendí a memorizar, mi madre me leía cuentos antes de dormir y de tanto escucharlos me los memoricé, página por página, esos eran los únicos momentos felices, cuando me olvidaba de lo que ocurría a mi alrededor y me concentraba solamente en las aventuras de Winny Pooh. En el preescolar no enseñaban a leer, eso me lo enseñó mi madre y aprendí bastante rápido.
Generalmente estábamos solas mi mamá y yo, era mejor así, todo era más tranquilo. Pero no siempre me podía llevar a todas las actividades que tenía que realizar. A veces yo me quedaba sola y no tenía qué hacer o con quién jugar. Pasaba gran parte de mi tiempo dibujando y recordando para mí misma los cuentos que había aprendido gracias a mi madre. Recordando las historias con su voz, "leía" las historias pasando las páginas y guiándome con los dibujos. Aunque estarás de acuerdo conmigo en que no cuenta cómo leer si ya te sabes de memoria el texto, así que a falta de libros tuve que tomar otras medidas.
En la casa donde pasé mi niñez había estantes con libros de todo tipo, la mayoría de teología, matemáticas y astronomías, todos de mi abuelo paterno, quien era profesor de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM, quizá de ahí surgió la idea de entrar en ésta. Ya estaba en la primaria cuando en cada oportunidad iba al librero, tomaba un libro y comenzaba a leer, no importaba mucho que no entendiera lo que estaba pronunciando, me importaba que podía hacerlo (a diferencia de otros compañeros de la escuela que apenas estaban aprendiendo a leer su propio nombre). Me gustaban más los libros sobre fauna silvestre (porque tenía enorme fotografías de los animales e insectos) y un gran libro de cuentos ilustrados de Disney.
Con el tiempo terminé quedándome sin mucho qué leer, por lo que repetía mis favoritos después de acabar las tareas. Cuando comencé a recibir el tan esperado "Domingo", pude ir juntando y comprando libros pequeños que encontraba en el tianguis por 10 pesos. Mis favoritos en ese entonces eran las fábulas y los cuentos infantiles que venían en los libros de texto de la primaria. Conocí desde brujas con verrugas y calderos hasta ratones que huían de las serpientes para no ser devorados.
Tal vez en la vida real los sucesos no eran agradables ni nada de lo que yo esperaba, pero en los libros siempre había sorpresas y algo interesante que ver. Probablemente mi inicio en la lectura no fue por gusto, pero con el paso de las páginas me fui adentrando y maravillando en un mundo distinto. En los libros descubrí mucho de lo que hoy en día aprecio: una buena historia, el imaginar esos escenarios, esas personas o la época en que se desarrolla. Conforme fui avanzando escolarmente las lecturas fueron complicándose y multiplicándose, pero no han dejado de ser importantes en mi vida.
No puedo pensar en una época de mi vida en la que no haya tenido un libro presente, aunque debo admitir que en bachillerato fue cuando leí más libros por gusto, desde historias sobre mazones hasta sagas que me dieron horas de entretenimiento. Estoy segura de que esto se debió a que no necesitaba leer, ya no vivíamos con mi padre y era completamente por gusto. Actualmente puedo decir que no me interesa sólo el final del libro, sino que me llama la atención la forma en que esta´compuesto, los giros de la historia que cambia por completo lo que en algún momento pensé ocurriría.
Si no eres asiduo a la lectura, tal vez deberías reconsiderarlo, porque al menos en mi caso (y seguramente en muchos más) me permitió sobrellevar la vida que tenía. Incluso si tienes una vida muy bueno, no está mal salir de "paseo" de vez en cuando, conocer otros lugares, otras vidas y, porque no, identificarse con algún personaje. Encontrar un autor que tenga un estilo que te llame la atención y agrade.
¡Ah!, pero no sólo conocer por conocer, también aprender, leer cosas que terminarán ayudándonos a crecer intelectualmente. Puede que como estudiantes muchas veces digamos "no quiero leer", "está muy aburrido", "es un tema difícil" y de más excusas para no leer, pero les puedo asegurar que sea la lectura que sea, si aprendes algo con ella, habrá valido la pena, porque no fue perder el tiempo, fue aprender algo nuevo.
La lectura deja huella, y leer un texto que hayamos leído cuando éramos más jóvenes no será lo mismo que leerlo ahora, porque así como nosotros crecemos, le damos más o distintos significados a las mismas palabras. ¿Nunca te ha pasado? Si no, bien podrías tratar, te gustará. Los libros son como las personas, van y vienen, pero para conocerlos hay que interactuar con ellos... leerlos.
martes, 19 de noviembre de 2013
sábado, 14 de septiembre de 2013
Héroe nacional
Muchas veces la gente cree que para que una persona sea un personaje digno de mención, debe ser un héroe de guerra, un político o alguien que haya captado la atención de las cámaras o los titulares de un periódico. Para mí no. Un ser humano que provoque admiración, siempre será digno de mención y de ser inmortalizado. Un hombre, padre de 10 hijos que lo visitan cada navidad, sin importar en qué estado de la república se encuentren. Un hombre, digno de mención.
Piel como barro ligeramente cuarteado, no de ese cafesusco, sino ese casi rojo. Ojos pequeños y de color intenso como dos granos de café recién cocidos. Labios delgados y orejas ni muy grandes ni muy pequeñas. Su cabello gris oscuro apenas muestra una que otra beta blanca. A pesar de sus setenta y pocos años, mantiene su cuerpo con fuerza, sobre todo en los brazos. El ejercicio diario le ha ayudado a no perder la fuerza que tuvo desde sus dulces treinta y tantos.
Un hombre de pocas palabras, que prefiere pasar los días en paz, con paseos por la plaza de Ciudad Fernández terminando siempre en la banca del lado izquierdo de la iglesia, con otros hombres de avanzada edad que tienen en común las arrugas de la cara, aunque más marcadas que las de nuestro sujeto. Sus zapatos izquierdos siempre boleados, esperando que los use, aunque siempre utiliza el mismo, su favorito desde hace mucho tiempo.
En su juventud trabajo como transportador de carga y recorrió muchos kilómetros, siempre con su familia en el pensamiento. Responde al nombre de Santana. Hace más de 21 años, él, perdió la pierna derecha debido a que en la planta del pie le apareció un orificio, que poco a poco fue carcomiendo su carne y no hubo más remedio que amputarla. Al principio fue difícil, pero no podía dejarse caer, no en el momento en que estaba por entrar su familia. Alejandrina, su esposa, falleció por un derrame cerebral y su familia lo necesitaba fuerte.
Poco a poco sus ocho hijas y dos hijos fueron haciendo su vida. Tres a Estados Unidos, otro en Ciudad Juárez, una al Distrito Federal, otra a Veracruz y el resto se quedo en San Luis Potosí. Todos hombres y mujeres de bien, fueron bien educados. Siempre le dio lo necesario a su familia. Se dio el tiempo de hablar con ellos, de escucharlos. Se abrió camino con la falta de su pierna y no permitió que eso fuera motivo de lástima.
En el solar (un patio aún más grande que la casa en sí) hay árboles que él mismo sembró. Un higo, un naranjo, limón, mandarinas, un aguacate, un árbol de toronjas y frente a la cocina perejil, cilantro, hierba buena y un poco de romero. Todo cuidado y cosechado por sus manos. Un hombre que no sabe estar sin hacer algo. Madruga y revisa sus plantas, alimenta al enano perro blanco con manchas cafés que puede alcanzar la altura de una persona parada de un solo salto, cuando da lata lo calma de un pequeño muletazo.
Su voz es gruesa, algo rasposa por tanto fumar, aunque es armónica y profunda. Dispuesto a escuchar cuando hay algún problema o cuando simplemente se quiere tener una charla superficial, sólo para escuchar su voz dejarse ir en el vaivén de los graves que sus palabras generan. Un hombre de pocas palabras, pero cargadas siempre de esa autoridad que dejan los pesares y la pérdida. Un ser que ha pasado tanto sin quejarse, viendo siempre por aquellos a quienes quiere, hijos, nietos y ahora bisnietos.
Un hombre conocido y apreciado por su comunidad por los aportes que ha proporcionado, ya que nunca toma como excusa la falta de su pierna para no hacer algo. Al contrario, demuestra lo que es la fuerza de voluntad y que la falta de algún miembro nunca debe ser motivo de auto menosprecio ni para detenernos, sino que es una prueba que saca el cobre de cada ser.
Este hombre es todo un personaje. En las fotografías siempre sale haciendo caras, siempre está ahí para escuchar, nunca niega un favor, no se auto compadece ni pide para sí lo que él mismo puede hacer. Un hombre con pinta de duro, pero alma de niño y consejos de sabio, un hombre al que siempre admirare y del que siempre encuentro algo nuevo que aprender. Éste hombre... es mi abuelo.
sábado, 13 de abril de 2013
Un Rodrigo...
El primer día de clases con un profesor al que ni siquiera se le ha visto genera siempre expectativa, inclusive cuando sabes que esperar hasta cierto punto, gracias a las recomendaciones y comentarios de los compañeros. Ya pasan de las cuatro de la tarde, tal vez no sea tan estricto con la hora de llegada. Tres jóvenes están al frente. Uno es delgado, moreno, con aspecto desalineado y una sonrisa que deja ver lo simpático que es, una joven de cabello color castaño claro, casi naranja, con una perforación en el labio y vestido corto, pero lo que más llama la atención son sus ojos perfectamente delineados que hace de sus pequeños ojos una reproducción casi perfecta de los de Darla.
Por último, el tercer joven tiene una postura un poco encorvada, tez clara, camisa a cuadros abotonada hasta el penúltimo botón. Lentes de grueso armazón negro. Ojos pequeños pero penetrantes y claros. Cabello quebrado con un corte que acentúa la infancia que aun existe en sus facciones, acompañado de una sonrisa picara que empequeñece aun más los ojos cuando muestra los colmillos. Es él quien se acerca a la puerta y la cierra. Todos comienzan a guardar silencio, al parecer la mayoría ha estado anteriormente con el profesor Rodrigo Martínez, seguro por eso conocen al adjunto.
Sopesaba la posibilidad de salir a comprar unas galletas cuando éste último joven comenzó a hablar. Su voz aunque fuerte y clara, aun tiene tintes de la voz propia de la edad que ostentan los alumnos de los últimos semestres. Pero algo no encajaba, nunca había visto un grupo completo poner tanta atención a un adjunto. Todo tuvo sentido cuando dijo, “y ellos serán mis ayudantes” mientras señalaba a los dos jóvenes que respondían a los nombres de Ponce (que en realidad es su apellido) y Dulce.
Yo esperaba a un hombre de más de 40 años, de traje, pulcro y que tendría cara de la exigencia que tendría para con todos nosotros. No a un hombre que tendría pinta de ser alguien a quien fácilmente confundiría con un alumno de la clase, me sentía como caricatura japonesa con un enorme signo de interrogación flotando sobre mi cabeza, mientras él prosiguió, explicando cómo sería el ritmo de la clase, los textos, la tolerancia de horario, cuáles serían los lineamientos de los trabajos que se entregarían, etc.
Inicio con la famosa columna, de la que tanto había oído hablar y que ahora podría escuchar, esto me saco de mi confusión. Hablo con tranquilidad y soltura, manejando una cantidad de datos concretos muy amplia, tanto que a diferencia de otros profesores, me obligo a tomar nota de todas y cada unas de las referencias para poder darme una idea a mi misma de cómo es que desenvolvía su discurso.
Al terminar de exponer lo que sería la clase y lo que necesitábamos para la siguiente, nos despidió deseándonos suerte. “Tal vez la voy a necesitar” pensé y salí del salón detrás de la compañera que me había recomendado esa clase. Definitivamente será interesante, muy interesante.
sábado, 23 de febrero de 2013
Bestia involuntaria...
Dentro de cada ser hay una bestia, un ser casi mitológico que desgarra la piel, la carcome y atemoriza a quienes estén cerca. Ver el cambio en tus ojos, en la forma de hablar, el tono de tu voz...
Un recuerdo llega a mi mente. Gritos, sombras, miedo. Por un instante, sólo por un instante eres él, quien me asusta y me hace sentir como un blanco de tiro, indefensa, sin tener a donde correr, mas que hacia mi misma, y me encojo. Esperando que todo pase sin dañarme...o al menos no mucho.
Y así como todo inicio, terminó. Vuelves en ti, Mr. Hyde se ha ido y vuelve la mirada que muestra compasión al ver mi temor. Estira los brazos, pero aunque mi mente dice que no pasa nada, que esta bien, mi cuerpo reacciona y se aleja. De la compasión pasa a la tristeza y el dolor sube hasta sus ojos, sabe lo que ha hecho.
Y así como todo inicio, terminó. Vuelves en ti, Mr. Hyde se ha ido y vuelve la mirada que muestra compasión al ver mi temor. Estira los brazos, pero aunque mi mente dice que no pasa nada, que esta bien, mi cuerpo reacciona y se aleja. De la compasión pasa a la tristeza y el dolor sube hasta sus ojos, sabe lo que ha hecho.
Cuando logro convencer a mi cuerpo de que ha pasado, permito que se acerque y el cálido tacto me rodea, mientras su voz pide disculpas. "Soy una bestia", "involuntariamente" pienso yo, pero no lo suficiente como para que me aleje, se que no quiere que tenga miedo, que me sienta así, sólo se que quien quiere puede, y que su deseo de protegerme, incluso de él mismo sera mayor que sus impulsos.
sábado, 8 de septiembre de 2012
La Sorpresa...
Siempre habrá momentos, lugares, sonidos, olores, sensaciones que nos recuerden a alguien, siempre...
Todo ocurrió un día como cualquier otro, un viernes de buen humor en el que todo fluía con normalidad. Al iniciar la clase decidí cubrir mi deuda, un sándwich que le debía a ese chico, él lo agradeció y cuando la clase inició se fue al lugar que él mismo se asigno al fondo del salón. Yo tome asiento en mi lugar casi al frente y comí mi propio sándwich.
El profesor dando clase, mis compañeros apuntando, yo, con el pensamiento disperso en mil cosas y ninguna a la vez. Volviendo sólo cuando mis amigas llamaban mi atención para hacer una que otra broma, provocandome una sonrisa que después de un momento se esfumaba cuando mis ideas volvían a irse cada una por su cuenta.
De pronto el profesor dijo "hasta aquí la dejamos, los veo la próxima clase" y mi mente volvió a mi cuerpo. Comencé a guardar mis cosas y al volver la mirada él ya estaba ahí, en la puerta, esperando. Camine hacia él para despedirme y encaminarme a mi siguiente clase, pero él me dijo, "acompañame, antes de que te haga llegar tarde de nuevo" recordándome que por acompañarlo había perdido mi clase la vez pasada y habíamos terminado tomando chocolate caliente.
Lo seguí y me guió a un lugar cercano al de nuestro encuentro con el chocolate. No había nadie cerca y al parecer eso era lo que buscaba. "Tengo un regalo para ti, no soy el mejor envolviendo regalos, pero aquí está" dijo mostrándome un pequeño bulto envuelto con un trozo de tela que él siempre carga consigo. No dije nada porque de inmediato agrego "cierra los ojos, no los abras y solo concéntrate en lo que escuchas", así lo hice y solo escuchaba el lejano bullicio del cambio de clases, risas, platicas... y de repente, un dulce sonido, similar al repiqueteo de campanas, pero no estaban lejos, estaban justo a mi lado.
Concentre mi atención en ese sonido tranquilo y ameno, reconocí la canción casi de inmediato, "Over the rainbow" fue todo lo que pude decir cuando la tonada ceso.
Abrí los ojos y él seguía frente a mi, con una pequeña caja musical en las manos. "Ésta canción me recuerda a ti y lo que me has enseñado, me recuerda la niñez" dijo mientras metía la pequeña cajita en su empaque para entregármela. Yo extendí las manos y la tome con cuidado. No tenia palabras, lo único que pude decir fue "gracias", a lo que respondió "no tienes nada que agradecer, en ese caso soy yo quien debe darte las gracias a ti".
No lo pensé y lo abrace sin pensar en si le molestaría o lo tomaría a mal, acababa de hacerme muy feliz, no por el objeto, sino por lo que el objeto implicaba. Él se veía tan feliz como si la sorpresa hubiera sido para él. "Es hora de tu clase" dijo mientras yo lo liberaba de mis brazos y lo miraba a los ojos: "Si", y comenzamos a caminar desandando el recorrido que habíamos hecho. Al llegar a mi salón nos despedimos tal y como siempre lo hacíamos: "Hasta la próxima clase", "Hasta luego", beso mi mejilla y se fue.
La siguiente clase fue difusa, como si pasara sin que me tocara. Seguía observando la cajita musical como si aún estuviera en el jardín escuchándola. Al terminar las clases y partir camino a casa me asusto la forma en que ese pequeño regalo me sacaba una sonrisa cada que la observaba o tocaba su tierna tonada.
Una sonrisa que me llena, que no olvidare.
Todo ocurrió un día como cualquier otro, un viernes de buen humor en el que todo fluía con normalidad. Al iniciar la clase decidí cubrir mi deuda, un sándwich que le debía a ese chico, él lo agradeció y cuando la clase inició se fue al lugar que él mismo se asigno al fondo del salón. Yo tome asiento en mi lugar casi al frente y comí mi propio sándwich.
El profesor dando clase, mis compañeros apuntando, yo, con el pensamiento disperso en mil cosas y ninguna a la vez. Volviendo sólo cuando mis amigas llamaban mi atención para hacer una que otra broma, provocandome una sonrisa que después de un momento se esfumaba cuando mis ideas volvían a irse cada una por su cuenta.
De pronto el profesor dijo "hasta aquí la dejamos, los veo la próxima clase" y mi mente volvió a mi cuerpo. Comencé a guardar mis cosas y al volver la mirada él ya estaba ahí, en la puerta, esperando. Camine hacia él para despedirme y encaminarme a mi siguiente clase, pero él me dijo, "acompañame, antes de que te haga llegar tarde de nuevo" recordándome que por acompañarlo había perdido mi clase la vez pasada y habíamos terminado tomando chocolate caliente.
Lo seguí y me guió a un lugar cercano al de nuestro encuentro con el chocolate. No había nadie cerca y al parecer eso era lo que buscaba. "Tengo un regalo para ti, no soy el mejor envolviendo regalos, pero aquí está" dijo mostrándome un pequeño bulto envuelto con un trozo de tela que él siempre carga consigo. No dije nada porque de inmediato agrego "cierra los ojos, no los abras y solo concéntrate en lo que escuchas", así lo hice y solo escuchaba el lejano bullicio del cambio de clases, risas, platicas... y de repente, un dulce sonido, similar al repiqueteo de campanas, pero no estaban lejos, estaban justo a mi lado.
Concentre mi atención en ese sonido tranquilo y ameno, reconocí la canción casi de inmediato, "Over the rainbow" fue todo lo que pude decir cuando la tonada ceso.
Abrí los ojos y él seguía frente a mi, con una pequeña caja musical en las manos. "Ésta canción me recuerda a ti y lo que me has enseñado, me recuerda la niñez" dijo mientras metía la pequeña cajita en su empaque para entregármela. Yo extendí las manos y la tome con cuidado. No tenia palabras, lo único que pude decir fue "gracias", a lo que respondió "no tienes nada que agradecer, en ese caso soy yo quien debe darte las gracias a ti".
No lo pensé y lo abrace sin pensar en si le molestaría o lo tomaría a mal, acababa de hacerme muy feliz, no por el objeto, sino por lo que el objeto implicaba. Él se veía tan feliz como si la sorpresa hubiera sido para él. "Es hora de tu clase" dijo mientras yo lo liberaba de mis brazos y lo miraba a los ojos: "Si", y comenzamos a caminar desandando el recorrido que habíamos hecho. Al llegar a mi salón nos despedimos tal y como siempre lo hacíamos: "Hasta la próxima clase", "Hasta luego", beso mi mejilla y se fue.
La siguiente clase fue difusa, como si pasara sin que me tocara. Seguía observando la cajita musical como si aún estuviera en el jardín escuchándola. Al terminar las clases y partir camino a casa me asusto la forma en que ese pequeño regalo me sacaba una sonrisa cada que la observaba o tocaba su tierna tonada.
Una sonrisa que me llena, que no olvidare.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Un chocolate...
Algo fuera de la rutina, algo que probablemente nunca habría ocurrido en otras circunstancias y que inicia de una sola pregunta: "¿Qué te parece si vamos por un chocolate?"
Un cielo oscuro y cubierto por una fina capa de nubes que no tardan en liberar su carga y amenizar el momento con sus pequeñas gotas. Adentrarse en una platica que va más allá de lo que se dice en palabras y las definiciones superficiales.
Conocer a esa persona por su voz, sus gestos, la forma en que se pierde en el sentido y el sin sentido. Las sonrisas efímeras y nobles que dejan ver esa alegría que deslumbra y hace que el tiempo se detenga y acelere a la vez.
Esa felicidad que se irradia a momentos, como un sol intermitente que amenaza con dejar de brillar en el momento en que aparte la mirada, por eso no lo hago, no dejo de mirar, no quiero perderme ni uno de esos destellos.
La charla continúa y en breves minutos he descubierto más de lo que habría imaginado, tal vez más de lo que él mismo conoce.
Pero el tiempo no esta a mi favor, debo partir y estoy segura de que él está en la misma situación. No sé si es mi imaginación o realmente en su mirada está la misma expresión que en la mía. Esa sensación de que el tiempo a volado y que no basta lo que ha ocurrido. Temo pensar que sean alucinaciones mías en un intento por prolongar este momento.
Cuando estoy a punto de dar la vuelta y partir, algo me detiene y contemplo su rostro, me hace una invitación que no niego y lo sigo en dirección a su auto. En ese momento podría negarme, alejarme de ese ser que parece tan firme y perturbado a la vez, pero no es lo que quiero, así que subo y platicamos un rato más en el corto trayecto.
El interior ésta oscuro, pero las luces de los coches vecinos me permiten ver sus rasgos, sus sonrisas casi imperceptibles cuando hago comentarios que no comprende. Y sus ojos cuando trata de ver más allá de lo que mi mirada esta dispuesta a mostrar.
Finalmente llegamos, ya no siento ese pesar por dejarlo, porque me ha dedicado una última fracción de su tiempo, por caballerosidad o por necesidad, no lo sé, y no me importa. Lo único que me importa es que ocurrió, que por un instante me perdí en el va y ven de su voz, y él escucho lo que brotaba de mis labios sin que me esforzara en pensarlo.
Me despido con una sincera gratitud en la voz y la promesa de vernos otro día. Me alejo y le dedico una último vistazo y un último ademan de despedida con la mano.
Me doy la vuelta y solo me queda el recuerdo reciente, aun con su aroma, algo en que pensar. Y supongo, él también tendrá algo en que pensar.
Un cielo oscuro y cubierto por una fina capa de nubes que no tardan en liberar su carga y amenizar el momento con sus pequeñas gotas. Adentrarse en una platica que va más allá de lo que se dice en palabras y las definiciones superficiales.
Conocer a esa persona por su voz, sus gestos, la forma en que se pierde en el sentido y el sin sentido. Las sonrisas efímeras y nobles que dejan ver esa alegría que deslumbra y hace que el tiempo se detenga y acelere a la vez.
Esa felicidad que se irradia a momentos, como un sol intermitente que amenaza con dejar de brillar en el momento en que aparte la mirada, por eso no lo hago, no dejo de mirar, no quiero perderme ni uno de esos destellos.
La charla continúa y en breves minutos he descubierto más de lo que habría imaginado, tal vez más de lo que él mismo conoce.
Pero el tiempo no esta a mi favor, debo partir y estoy segura de que él está en la misma situación. No sé si es mi imaginación o realmente en su mirada está la misma expresión que en la mía. Esa sensación de que el tiempo a volado y que no basta lo que ha ocurrido. Temo pensar que sean alucinaciones mías en un intento por prolongar este momento.
Cuando estoy a punto de dar la vuelta y partir, algo me detiene y contemplo su rostro, me hace una invitación que no niego y lo sigo en dirección a su auto. En ese momento podría negarme, alejarme de ese ser que parece tan firme y perturbado a la vez, pero no es lo que quiero, así que subo y platicamos un rato más en el corto trayecto.
El interior ésta oscuro, pero las luces de los coches vecinos me permiten ver sus rasgos, sus sonrisas casi imperceptibles cuando hago comentarios que no comprende. Y sus ojos cuando trata de ver más allá de lo que mi mirada esta dispuesta a mostrar.
Finalmente llegamos, ya no siento ese pesar por dejarlo, porque me ha dedicado una última fracción de su tiempo, por caballerosidad o por necesidad, no lo sé, y no me importa. Lo único que me importa es que ocurrió, que por un instante me perdí en el va y ven de su voz, y él escucho lo que brotaba de mis labios sin que me esforzara en pensarlo.
Me despido con una sincera gratitud en la voz y la promesa de vernos otro día. Me alejo y le dedico una último vistazo y un último ademan de despedida con la mano.
Me doy la vuelta y solo me queda el recuerdo reciente, aun con su aroma, algo en que pensar. Y supongo, él también tendrá algo en que pensar.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Confución
Estar confundida no es novedad para mi desde hace algunos meses, pero no había estado tan perdida como hoy. ¿Cómo poder olvidar éstos años, o cómo poder ver a ésa persona con la que compartí algo más que mi tiempo, mis miedos, mis inquietudes, aquel que me mostró nuevos sentimiento, sensaciones, pasiones y cambió mi panorama, como sólo un amigo?, con quien viví tantas cosas...
Soy consciente desde donde inicio a desmoronarse lo que habíamos empezado a construir juntos, pero no se en que punto yo inicie a perderme en mi totalidad. Nunca había perdonado una traición, cuando eso ocurría no me costaba trabajo dejar esa historia, darle un final y cambiar la pagina, pero ésta vez fue diferente. Él es diferente. Jamas alguien me había importado tanto, nunca alguien me había dolido tanto.
Pensé que era algo pasajero, consecuencia de haber sufrido tanto en tan poco tiempo, pero no era sólo eso, no solamente era un dolor, algo se había roto y no alcanzaba a comprenderlo. No le dimos tiempo a la herida para que sanara y eso no me dejaba en paz, el temor de que volviera a ocurrir era inmenso y todos en mi entorno lo notaban. Fue entonces que considere lo que escuchaba en los demás, cuando comencé a preguntarme si estábamos haciendo lo correcto al seguir juntos.
Tal vez él necesitaba tiempo, conocer gente, pero la sola idea de otros labios en sus labios, otra piel entre sus brazos, me resultaba insoportable. Ambos somos jóvenes, sé que debemos cometer errores para poder aprender de ellos, pero entre error y error nos llevamos a los demás de corbata.
Hablar con él y decirle todo lo que sentía no ha sido una de mis mejores ideas, pero ¿qué más podía hacer? así como yo pido la verdad también él la merece. Vivir en el limbo no es sano para ninguno de los dos, soy consciente de ello, pero escucharlo decirme que intentemos vernos como amigos no deja de resonar en mi cabeza.
Y es que no es así, no es sólo un amigo, es mi compañero, mi confidente, con quien he vivido los mejores y los peores momentos, es mucho más que un amigo, me conoce mejor que yo misma, me ve y no me refiero a lo físico, sino que él realmente ve quien soy, lo que soy, me conoce.
Ésta mal decir ésto, pero si algo me puede atraer de otra persona es el parecido que tiene con él, en sus gestos, en la forma en que me tratan recordándome un "él" más joven, inexperto. La forma en que cambian el tono de voz para referirse a mi, la expresión de sus miradas, incluso las cosas que dicen, porque no hay momento en que algo no me lo recuerde. Directa o indirectamente siempre está presente en todo lo que me rodea.
Tengo miedo, no sólo de equivocarme, sino de perderle, perder su amor. Es algo que no se si podría soportar.
Necesito pensar, eso es más que evidente, pero la verdadera pregunta es ¿en calidad de qué? ¿qué seriamos en ese lapso? Se que si las cosas fueran al revés no querría apartarme de su lado, le daría su espacio pero no saldría de su vida, no soportaría salir de su vida, ¿que cómo lo se? porque ya paso, ya pasamos por algo similar y no permití que me dejara fuera. Fuera... Tal vez ahí esta el problema, el verdadero meollo de mi miedo. Si me deja fuera alguien más podría llegar a rellenar esos huecos que quedarían y entonces si, lo perdería para siempre. ¿Pero si pasara lo contrario, que nadie pudiera rellenar esos huecos?
Dicen que si amas algo y lo dejas ir, en caso de que en verdad fuera amor, volverá a ti. Quiero pensar que es verdad hasta lo más profundo de cada letra. Porque si me ama como me lo ha dicho y yo lo amo, entonces ambos volveremos, pero ¿y si descubre que no me ama? no volvería a mi, no lo tendría más.
Estar con el es tan fácil, quererlo es tan fácil, tan natural. Como si llevara haciéndolo toda una vida. Por una parte eso también me confunde, ¿cómo sé si lo que siento por él es completamente autentico y no producto de estos años? ¿Cómo lo sabe él? Ya se, ya se, se que para saberlo necesitaríamos de esto a lo que tanto rehuyo: tiempo.
Pero ¿cómo responder a una pregunta tan importante cuando se tiene tanto miedo de la respuesta?
Miedo...
Soy consciente desde donde inicio a desmoronarse lo que habíamos empezado a construir juntos, pero no se en que punto yo inicie a perderme en mi totalidad. Nunca había perdonado una traición, cuando eso ocurría no me costaba trabajo dejar esa historia, darle un final y cambiar la pagina, pero ésta vez fue diferente. Él es diferente. Jamas alguien me había importado tanto, nunca alguien me había dolido tanto.
Pensé que era algo pasajero, consecuencia de haber sufrido tanto en tan poco tiempo, pero no era sólo eso, no solamente era un dolor, algo se había roto y no alcanzaba a comprenderlo. No le dimos tiempo a la herida para que sanara y eso no me dejaba en paz, el temor de que volviera a ocurrir era inmenso y todos en mi entorno lo notaban. Fue entonces que considere lo que escuchaba en los demás, cuando comencé a preguntarme si estábamos haciendo lo correcto al seguir juntos.
Tal vez él necesitaba tiempo, conocer gente, pero la sola idea de otros labios en sus labios, otra piel entre sus brazos, me resultaba insoportable. Ambos somos jóvenes, sé que debemos cometer errores para poder aprender de ellos, pero entre error y error nos llevamos a los demás de corbata.
Hablar con él y decirle todo lo que sentía no ha sido una de mis mejores ideas, pero ¿qué más podía hacer? así como yo pido la verdad también él la merece. Vivir en el limbo no es sano para ninguno de los dos, soy consciente de ello, pero escucharlo decirme que intentemos vernos como amigos no deja de resonar en mi cabeza.
Y es que no es así, no es sólo un amigo, es mi compañero, mi confidente, con quien he vivido los mejores y los peores momentos, es mucho más que un amigo, me conoce mejor que yo misma, me ve y no me refiero a lo físico, sino que él realmente ve quien soy, lo que soy, me conoce.
Ésta mal decir ésto, pero si algo me puede atraer de otra persona es el parecido que tiene con él, en sus gestos, en la forma en que me tratan recordándome un "él" más joven, inexperto. La forma en que cambian el tono de voz para referirse a mi, la expresión de sus miradas, incluso las cosas que dicen, porque no hay momento en que algo no me lo recuerde. Directa o indirectamente siempre está presente en todo lo que me rodea.
Tengo miedo, no sólo de equivocarme, sino de perderle, perder su amor. Es algo que no se si podría soportar.
Necesito pensar, eso es más que evidente, pero la verdadera pregunta es ¿en calidad de qué? ¿qué seriamos en ese lapso? Se que si las cosas fueran al revés no querría apartarme de su lado, le daría su espacio pero no saldría de su vida, no soportaría salir de su vida, ¿que cómo lo se? porque ya paso, ya pasamos por algo similar y no permití que me dejara fuera. Fuera... Tal vez ahí esta el problema, el verdadero meollo de mi miedo. Si me deja fuera alguien más podría llegar a rellenar esos huecos que quedarían y entonces si, lo perdería para siempre. ¿Pero si pasara lo contrario, que nadie pudiera rellenar esos huecos?
Dicen que si amas algo y lo dejas ir, en caso de que en verdad fuera amor, volverá a ti. Quiero pensar que es verdad hasta lo más profundo de cada letra. Porque si me ama como me lo ha dicho y yo lo amo, entonces ambos volveremos, pero ¿y si descubre que no me ama? no volvería a mi, no lo tendría más.
Estar con el es tan fácil, quererlo es tan fácil, tan natural. Como si llevara haciéndolo toda una vida. Por una parte eso también me confunde, ¿cómo sé si lo que siento por él es completamente autentico y no producto de estos años? ¿Cómo lo sabe él? Ya se, ya se, se que para saberlo necesitaríamos de esto a lo que tanto rehuyo: tiempo.
Pero ¿cómo responder a una pregunta tan importante cuando se tiene tanto miedo de la respuesta?
Miedo...
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